La arrogancia de Claudia Sheinbaum frente al dolor de las madres buscadoras
El 11 de junio de 2026, la presidenta Claudia Sheinbaum decidió responder a las protestas de madres buscadoras, realizadas en el contexto de la inauguración del Mundial con una frase que desató indignación: aseguró que en algún momento había más integrantes de la Comisión Nacional de Búsqueda y de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas que manifestantes.
Más allá de la precisión numérica de la declaración, el problema es político, ético y humano.
Cuando un gobierno enfrenta una crisis con más de 130 mil personas desaparecidas, el tamaño de una protesta debería ser lo menos importante.
Lo central tendría que ser el motivo de la protesta: miles de familias que siguen buscando a sus seres queridos ante la incapacidad del Estado para encontrarlos.
La observación presidencial no fue percibida como un gesto de empatía, sino como una respuesta defensiva destinada a desacreditar la movilización.
En lugar de responder al reclamo de fondo, la atención se trasladó al número de asistentes.
Es una estrategia conocida: cuando el problema resulta incómodo, se cuestiona la representatividad de quienes protestan.
La contradicción es evidente.
Morena llegó al poder denunciando a gobiernos que ignoraban a las víctimas, minimizaban las protestas y se refugiaban en estadísticas para evitar asumir responsabilidades.
Hoy, desde Palacio Nacional, se recurre a un argumento similar.
El mensaje implícito parece ser que una protesta pequeña merece poca atención.
Pero la legitimidad de una causa no se mide por la cantidad de personas que marchan, sino por la gravedad de la injusticia que denuncian.
Las madres buscadoras no protestan por intereses políticos ni por privilegios.
Protestan porque el Estado mexicano ha sido incapaz de garantizar el derecho más elemental: saber dónde están sus hijos.
Muchas han encontrado fosas clandestinas, restos humanos y evidencias criminales que las autoridades no localizaron.
Han realizado labores que deberían corresponder a instituciones con presupuesto, personal y facultades legales.
Resulta preocupante que, frente a una tragedia nacional, la respuesta presidencial parezca centrarse en quiénes estaban en la manifestación y no en por qué estaban ahí.
La discusión nunca debió ser cuántas madres protestaron durante el Mundial.
La discusión debería ser por qué, después de años de promesas, siguen existiendo madres obligadas a buscar solas.
Cuando el poder empieza a contar manifestantes en lugar de desaparecidos, corre el riesgo de perder de vista la dimensión humana de la tragedia.
Y cuando una madre busca a un hijo desaparecido, una sola voz debería bastar para que todo el Estado escuche.

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