La televisión y la fabricación del relato del éxito de los "Niños Triquis"

La entrevista del 1 de junio de 2026, realizada por Joaquín López-Dóriga a los tenientes Dylan Hassan Ramírez Sánchez y Alejandra Antonio García, egresados del Heroico Colegio Militar y licenciados en Administración Militar en 2024 según su propio testimonio, no es solo una conversación sobre trayectorias personales. Es una pieza de construcción narrativa.

El programa fue transmitido en Radio Fórmula y Telefórmula, y posteriormente difundido en plataformas digitales del propio medio, ampliando su alcance como relato público.

Desde el inicio, la historia se presenta con una arquitectura cerrada: origen en Oaxaca, paso por el proyecto deportivo conocido como “Niños Triquis”, incorporación al ámbito militar, ingreso al Heroico Colegio Militar en 2020 y graduación en 2024. 

Una secuencia limpia, sin fricciones visibles, diseñada para funcionar como ejemplo.

En ese encuadre, el conductor introduce un elemento identitario clave:

“El conductor encuadra su origen como perteneciente a una ‘comunidad triqui en Oaxaca’, una referencia que introduce una categoría identitaria que no se desarrolla ni se verifica durante la conversación.”

A ello se suma otro rasgo del mismo mecanismo narrativo:

“La identidad triqui opera más como encuadre narrativo del conductor que como categoría desarrollada o explicitada por los propios entrevistados durante la conversación.”

En ambos casos, la identidad no aparece como dato discutido o problematizado, sino como marco de lectura: un punto de partida que organiza el relato antes de ser interrogado.

A partir de ahí, la entrevista avanza sin fisuras. El mérito no se examina: se presupone. La trayectoria no se problematiza: se ordena. 

Y el resultado es una narrativa donde todo converge en una idea central: el Ejército como espacio de movilidad perfecta, el deporte como puente natural y la disciplina como explicación suficiente del ascenso.

El referente “Niños Triquis” refuerza esa lógica. No opera solo como antecedente biográfico, sino como dispositivo simbólico que activa de inmediato una lectura de origen comunitario, esfuerzo colectivo y superación. 

Pero en ese mismo gesto, la complejidad de las trayectorias individuales se reduce a una etiqueta funcional para el relato mediático.

La televisión no registra la realidad: la edita. Selecciona fragmentos, ordena secuencias y elimina tensiones para producir historias coherentes, fácilmente comunicables. 

El resultado no es necesariamente falso, pero tampoco es completo: es una versión depurada de lo real.

En ese proceso, el Ejército aparece como un espacio sin conflicto interno, donde el ascenso depende exclusivamente del esfuerzo individual. 

Quedan fuera de cuadro las desigualdades de origen, las condiciones estructurales y la diversidad real de trayectorias que conviven dentro de cualquier institución.

Lo que se presenta como historia de vida termina funcionando como argumento institucional: la demostración pública de que el sistema funciona, que el mérito basta y que la integración es natural.

Pero cuando todas las historias encajan con demasiada precisión, el problema deja de estar en los casos y pasa a estar en el guion que los organiza.

Una sociedad no se entiende solo por sus relatos ejemplares, sino por aquello que esos relatos dejan fuera del encuadre. 

Y ahí reside la clave: lo omitido no es un vacío, sino parte del mecanismo que produce sentido.

El resultado es una narrativa eficaz, pero cerrada sobre sí misma. Y en ese cierre, el periodismo deja de interrogar la realidad para contribuir a su ordenamiento.



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