Madres buscadoras exhiben a Morena previo al juego entre México y Ecuador

El 30 de junio de 2026 quedó retratada una de las contradicciones más dolorosas de México. Mientras el país buscaba proyectarse ante el mundo como un anfitrión moderno, seguro y festivo por el Mundial de la FIFA, cientos de familias recordaban que existe otro México: el de las más de 133 mil personas desaparecidas, donde la búsqueda de un hijo depende, muchas veces, más de una madre que del propio Estado.

Las madres buscadoras bloquearon la Calzada de Tlalpan y realizaron la "Cascarita por la Memoria y contra el Olvido" en la Glorieta de las y los Desaparecidos. Su mensaje fue tan sencillo como devastador: no pedían privilegios, pedían que el país dejara de acostumbrarse a la desaparición de personas como si fuera una estadística más.

La respuesta institucional volvió a desnudar las prioridades del poder. Para garantizar la movilidad hacia el estadio hubo un amplio despliegue policial; para garantizar la búsqueda efectiva de miles de desaparecidos, las familias siguen denunciando falta de recursos, investigaciones lentas y una indiferencia que las obliga a convertirse en peritas, investigadoras y rescatistas de sus propios seres queridos.

Los encapsulamientos, los empujones y las denuncias de agresiones contra mujeres que únicamente exigían verdad y justicia no solo generaron indignación. También enviaron un mensaje inquietante: cuando una protesta amenaza con romper la imagen de normalidad que el gobierno desea proyectar al mundo, la reacción suele ser más rápida que cuando desaparece una persona.

La condena de Amnistía Internacional México evidenció que el problema ya no puede reducirse a un incidente aislado. Lo que quedó en evidencia es un modelo que parece privilegiar el control de la protesta sobre la atención de la tragedia que la origina.

Resulta imposible no preguntarse qué habría ocurrido si el Estado hubiera destinado el mismo nivel de coordinación, recursos y urgencia que utilizó para proteger el Mundial a la búsqueda de quienes siguen sin regresar a casa. Tal vez muchas familias no tendrían que recorrer montes, desiertos y fosas clandestinas con una pala en las manos y una fotografía en el pecho.

Un torneo internacional termina con un campeón. La desaparición de un hijo nunca termina. Mientras el gobierno invierta más esfuerzo en proteger el espectáculo que en resolver la crisis humanitaria que desangra al país, México seguirá acumulando victorias en organización de eventos... y derrotas en justicia, verdad y derechos humanos. Ese es el campeonato que ningún país debería presumir.



Comentarios

Entradas más populares de este blog

Ulises Fernando Bernal Miramontes y la sombra del racismo en el Mundial 2026

Iniciativa de Ley General sobre Desplazamiento Forzado en México y la situación de indígenas triquis de Copala

Despiden a Julissa Contreras tras protestar en Puebla: la contradicción de Morena