Morena, la CNTE y la memoria selectiva del plantón
El 6 de junio de 2026, a cinco días de la inauguración del Mundial de Futbol, el gobierno federal pidió a la CNTE levantar su plantón en el Centro Histórico de la Ciudad de México para evitar más afectaciones a estudiantes, comerciantes, trabajadores y visitantes.
El llamado fue realizado por la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, quien exhortó al magisterio a concluir la protesta y regresar a las mesas de negociación.
La petición llegó en un momento particularmente sensible para la administración federal, presionada por las consecuencias económicas y de movilidad derivadas de las movilizaciones y por la cercanía de uno de los eventos internacionales más importantes que ha recibido el país en décadas.
Sin embargo, el debate no se limita a las afectaciones que provoca el plantón, sino a la consistencia política de quienes hoy exigen su retiro.
Durante años, Morena construyó buena parte de su identidad alrededor de la defensa de la protesta social como mecanismo legítimo de presión política.
Su principal dirigente, Andrés Manuel López Obrador, encabezó en 2006 un plantón que mantuvo ocupados Paseo de la Reforma y el zócalo capitalino durante semanas.
Aquella movilización también generó afectaciones para comercios, hoteles, restaurantes y trabajadores, pero fue defendida como una expresión legítima de resistencia frente a una causa considerada superior.
Veinte años después, el discurso parece haber cambiado.
Las afectaciones económicas y de movilidad que antes eran presentadas como costos inevitables de la lucha social son utilizadas ahora como argumentos para solicitar el levantamiento de una protesta que incomoda al gobierno.
Las demandas de la CNTE no surgieron de la nada. Forman parte de una lucha prolongada en torno a las pensiones, las condiciones laborales del magisterio y las políticas educativas impulsadas desde el Estado.
La diferencia fundamental no parece estar en los efectos de la movilización, sino en quién la realiza y contra quién se dirige.
Lo que obliga a preguntarse si el criterio aplicado por el gobierno morenista es realmente consistente con las posiciones que defendió durante décadas desde la oposición.
La controversia exhibe una vieja constante de la política mexicana: muchos actores consideran legítima la protesta cuando fortalece sus causas, pero la cuestionan cuando desafía sus intereses.
La vara con la que se mide la movilización social suele cambiar en cuanto se cruza la puerta del poder.
Por eso el debate de fondo no es solamente la CNTE. Es la congruencia.
Porque cuando quienes ayer defendían los plantones hoy los critican apelando a los mismos argumentos que antes rechazaban, la discusión deja de ser sobre los maestros y se convierte en un examen de memoria política.
Y la memoria, en México, suele ser una de las primeras víctimas del poder.

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