"No somos Díaz Ordaz", dice Sheinbaum en medio del choque con la CNTE

El gobierno federal ha encontrado en una frase una muralla política: “No somos Díaz Ordaz”.

El 3 de junio de 2026, la presidenta Claudia Sheinbaum la colocó como escudo moral frente a las protestas de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, en un contexto donde la calle vuelve a tensar al Estado.

Pero el problema es que las frases no gobiernan: administran percepción.

Las movilizaciones magisteriales han escalado con bloqueos, cercos al Centro Histórico y choques en intentos de avanzar sobre zonas resguardadas.

El gobierno insiste en que no habrá represión, mientras despliega contención policial y refuerza el control de espacios estratégicos. 

Esa combinación —discurso de apertura y práctica de contención— es el núcleo del conflicto.

Sheinbaum sostiene que existen “provocaciones” y posibles infiltrados en las protestas.

Es una narrativa funcional: separa al “maestro legítimo” del “actor violento” y desplaza el debate del fondo del conflicto hacia la forma de la protesta. 

Pero sin pruebas claras, esa distinción termina operando como herramienta de deslegitimación.

La CNTE no es un actor nuevo ni marginal. 

Es una organización con décadas de confrontación con el Estado, con demandas reiteradas: salario, pensiones, condiciones laborales y rechazo a reformas estructurales. 

El gobierno ofrece incrementos parciales y mesas de diálogo; el movimiento sostiene que eso no toca el fondo del problema. 

El resultado es una espiral conocida: negociación insuficiente, presión callejera y desgaste político.

En medio aparece la frase: “No somos Díaz Ordaz”, en referencia al expresidente Gustavo Díaz Ordaz, símbolo de la represión de 1968.

Pero al invocar esa comparación, el gobierno no la cierra: la reactiva. 

Si hay necesidad de negarla, es porque el fantasma sigue vivo en la memoria política del país.

El punto incómodo es claro: el Estado busca diferenciarse de la represión histórica, pero administra el conflicto con lógica de control territorial. 

No hay violencia abierta ni tanques, pero sí cercos, vigilancia y contención constante en el espacio público. 

La represión contemporánea no siempre estalla: a veces se organiza.

El conflicto con la CNTE no es solo laboral. Es una disputa sobre quién define los límites de la protesta y quién impone el orden público. 

El gobierno busca gobernabilidad sin desgaste; el magisterio, presión sin perder legitimidad.

Entre ambos, se erosiona la credibilidad del diálogo como salida real.

Porque el problema no es si el Estado es o no es Díaz Ordaz.

El problema es que cada crisis obliga a repetir la frase como si negarla bastara para resolver la tensión entre autoridad y disidencia.

Y en política, lo que se niega con demasiada fuerza suele ser lo que más incomoda reconocer.



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