Rogelio González Álvarez y los privilegios que Morena prometió erradicar
La noche del 27 de mayo de 2026, el alcalde morenista de Villanueva, Zacatecas, Rogelio González Álvarez, quedó en el centro de una polémica que va mucho más allá de una celebración familiar.
Regidores de oposición denunciaron que dentro de la Presidencia Municipal hubo música, convivencia privada y consumo de bebidas alcohólicas.
Lo que comenzó como un escándalo local terminó convirtiéndose en un debate sobre el uso de los espacios públicos y los límites del poder.
El caso tomó fuerza el 9 de junio, cuando las denuncias fueron presentadas públicamente y se anunciaron acciones legales.
Al día siguiente, el 10 de junio de 2026, el propio alcalde reconoció que ingresó al Palacio Municipal acompañado de familiares y un grupo musical.
También ofreció disculpas. Sin embargo, al mismo tiempo acusó a sus adversarios de emprender una campaña de “guerra sucia” en su contra.
Pero el problema no desaparece con una disculpa ni se resuelve culpando a la oposición.
La pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿por qué un presidente municipal consideró apropiado utilizar la sede del gobierno para una actividad privada?
Los palacios municipales no son extensiones de la casa de los gobernantes. Tampoco son salones de fiestas disponibles para quien ocupa temporalmente el cargo.
Son espacios públicos que pertenecen a los ciudadanos y que deben utilizarse exclusivamente para cumplir funciones de gobierno.
La defensa de la “guerra sucia” se ha convertido en una respuesta recurrente cuando algún funcionario es exhibido en conductas cuestionables.
En lugar de responder por los hechos, se busca desacreditar a quien los denuncia. Sin embargo, la existencia de adversarios políticos no elimina la responsabilidad de rendir cuentas.
Morena llegó al poder prometiendo terminar con los privilegios, los abusos y las viejas prácticas de la clase política.
Prometió una forma distinta de gobernar, más cercana a la ciudadanía y más respetuosa de las instituciones.
Por eso casos como el de Villanueva generan un desgaste mayor: porque contradicen el discurso que durante años sirvió para exigir transparencia a otros gobiernos.
Lo ocurrido el 27 de mayo no debería analizarse como una simple anécdota ni como un conflicto entre grupos políticos.
Se trata de una cuestión elemental de responsabilidad pública.
Porque cuando un gobernante comienza a confundir los bienes de todos con espacios de uso personal, el problema ya no es la fiesta. El problema es la forma de entender el poder.

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