Shakira, la CNTE y el espectáculo político de Morena
El 5 de junio de 2026, la FIFA confirmó oficialmente la participación de Shakira en la ceremonia inaugural del "Mundial de Futbol 2026" en Ciudad de México.
La noticia llegó en un momento políticamente oportuno.
Mientras el conflicto entre el gobierno federal y la CNTE sigue abierto, las movilizaciones magisteriales ocupan calles, plazas y titulares.
En medio de ese escenario, la atención pública se desplaza repentinamente hacia la mayor estrella latina del planeta.
Nadie puede afirmar con certeza que la cantante colombiana fue incorporada para neutralizar el impacto de las protestas.
Sin embargo, en política no sólo importa lo que ocurre, sino también el momento en que ocurre.
Y resulta difícil ignorar que el anuncio apareció cuando la presión sobre el gobierno de Claudia Sheinbaum aumenta y cuando existe preocupación por la imagen que México proyectará durante el evento deportivo más importante del mundo.
Los gobiernos suelen entender que los conflictos sociales se combaten de dos maneras: resolviendo sus causas o desplazándolos de la conversación pública.
La primera opción exige recursos, negociación y voluntad política. La segunda requiere símbolos, entretenimiento y figuras capaces de monopolizar la atención mediática. Shakira cumple perfectamente esa función.
La estrategia no es nueva. A lo largo de la historia, los grandes eventos deportivos han servido para proyectar estabilidad, éxito y normalidad, incluso cuando detrás de los escenarios persisten conflictos sin resolver.
El espectáculo ofrece una narrativa más atractiva que las demandas laborales, las protestas o los reclamos sociales.
El riesgo para el gobierno es que la apuesta termine produciendo el efecto contrario.
Si millones de personas observan la inauguración mientras continúan las movilizaciones, la CNTE podría aprovechar precisamente esos reflectores internacionales para amplificar su mensaje.
Lo que se pretendía ocultar podría adquirir mayor visibilidad.
También existe otro componente político.
Cuando una parte de la población percibe que las protestas amenazan un evento que genera orgullo nacional, turismo e inversión, aumenta la posibilidad de que el enojo ciudadano se dirija contra los manifestantes y no contra las autoridades responsables de atender el conflicto.
En ese sentido, el espectáculo puede convertirse en una herramienta de presión indirecta.
La verdadera pregunta no es si Shakira cantará bien o mal.
La pregunta es por qué, mientras el país se prepara para una fiesta mundialista, uno de los conflictos sociales más importantes del sexenio sigue sin resolverse.
Porque ninguna canción, por exitosa que sea, puede sustituir el diálogo político ni ocultar indefinidamente los problemas que permanecen abiertos detrás del escenario.

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