Soberanía, militarización y poder político en México
El discurso de Claudia Sheinbaum en el "Día de la Marina Nacional", el 1 de junio de 2026, volvió a colocar la palabra “soberanía” en el centro del relato oficial.
Desde un acto simbólicamente potente —una ceremonia naval en Lázaro Cárdenas— la presidenta insistió en que México debe blindarse frente a presiones externas, campañas de desinformación y críticas provenientes del extranjero.
El problema no es la defensa de la soberanía. El problema es su uso político selectivo, casi ritual, como respuesta automática cada vez que la agenda pública se tensa con Estados Unidos o con actores internacionales.
La soberanía, convertida en consigna, corre el riesgo de perder densidad y volverse escudo retórico para evitar debates incómodos en el plano interno.
Porque mientras el gobierno denuncia “injerencias” y “campañas de odio”, el país enfrenta una realidad más compleja: la cooperación bilateral en seguridad sigue siendo estructural, el flujo de inteligencia con agencias estadounidenses continúa, y la presión externa no surge de la nada, sino de problemas internos no resueltos como la violencia criminal y la penetración del crimen organizado en estructuras locales.
En ese contexto, la apelación a la Marina como símbolo de unidad nacional tampoco es neutra.
Las Fuerzas Armadas han sido ampliadas en funciones civiles durante los últimos años, lo que ha generado un debate de fondo sobre militarización del Estado.
Sin embargo, ese tema rara vez entra en el mismo discurso donde se exalta su papel como “garantes de la soberanía”.
La contradicción es evidente: se reclama independencia discursiva frente al exterior, pero al mismo tiempo se fortalece una dependencia interna hacia instituciones castrenses para tareas que antes eran civiles.
Se rechaza la “injerencia” extranjera, pero se normaliza la centralidad militar en la vida pública.
El trasfondo político es claro.
En un momento de tensión diplomática con Estados Unidos por investigaciones y señalamientos hacia funcionarios mexicanos, el discurso soberanista funciona como contención narrativa: desplaza el foco del problema —la seguridad, la corrupción, la colusión institucional— hacia un terreno más cómodo, el de la defensa nacional frente a un enemigo externo.
Incluso las advertencias del embajador estadounidense sobre “no politizar el combate al narcotráfico” fueron leídas desde esa lógica binaria: o soberanía o subordinación, cuando en realidad el dilema es más incómodo y menos épico: cómo construir cooperación sin pérdida de autonomía, pero también sin evasión de responsabilidades internas.
El riesgo de este tipo de discursos no es su firmeza, sino su simplificación.
Convertir la soberanía en bandera permanente puede terminar ocultando lo esencial: que la principal disputa por el control del Estado no siempre viene de fuera, sino de dentro.

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