Cuauhtémoc Blanco: el ídolo que la política derrumbó
Cuauhtémoc Blanco fue uno de los futbolistas más grandes en la historia de México. Su popularidad lo llevó a la gubernatura de Morelos y posteriormente a la Cámara de Diputados como legislador de Morena. Pero el prestigio que conquistó en las canchas no logró sobrevivir intacto a su paso por el poder.
El 5 de julio de 2026, mientras se dirigía al Estadio Ciudad de México para presenciar el partido de octavos de final entre México e Inglaterra, integrantes de la Asamblea Antimundialista interceptaron su camioneta, la bloquearon, realizaron pintas y lanzaron consignas como "¡Asesino!" y "¡Samir vive!". Las imágenes recorrieron el país y terminaron robándose parte de la atención de una jornada que debía estar dominada por el fútbol.
El episodio no puede explicarse únicamente como una protesta radical. Es el síntoma de un desgaste político que Cuauhtémoc Blanco acumuló durante su gestión como gobernador de Morelos. Las denuncias, las investigaciones, los cuestionamientos por la inseguridad y las acusaciones que marcaron su administración siguen acompañándolo, incluso cuando intenta regresar al escenario donde alguna vez fue un héroe nacional.
La escena encierra una poderosa carga simbólica. El estadio, que durante años fue el lugar donde miles coreaban su nombre, terminó siendo el escenario donde una parte de la ciudadanía le recordó que la fama deportiva no absuelve decisiones políticas. El ídolo que alguna vez unió a los mexicanos hoy divide opiniones por su desempeño en el servicio público.
Para Morena, la imagen también representa un costo. Defender y mantener en posiciones de poder a personajes con un elevado nivel de rechazo termina trasladando ese desgaste al partido. La lealtad política puede conservar cargos, pero no reconstruye credibilidad.
Lo ocurrido deja una lección incómoda para toda la clase política: los votos pueden ganarse con popularidad, pero la legitimidad solo se conserva con resultados. Cuauhtémoc Blanco descubrió que los goles permanecen en la memoria colectiva, pero también que las decisiones tomadas desde el poder persiguen a quienes las protagonizan. Porque en política, a diferencia del fútbol, el marcador nunca se congela cuando termina el partido.

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