La caída de Patricia Dávila Aranda no cierra la crisis de la UNAM
La destitución de Patricia Dávila Aranda como Secretaria General de la UNAM, ocurrida el 31 de julio de 2026, no es un hecho aislado ni un simple relevo administrativo. Es la primera consecuencia política de una crisis que exhibió las debilidades de una institución, cuya principal fortaleza siempre había sido la confianza en sus procesos de admisión.
La decisión de aplicar por primera vez un examen de ingreso completamente en línea terminó convirtiéndose en un experimento fallido. Los resultados encendieron todas las alarmas: el porcentaje de aspirantes con 100 o más aciertos pasó de un promedio histórico de 3.5% a 16.3%. A ello se sumaron denuncias sobre el uso de inteligencia artificial, presuntas suplantaciones de identidad y vulnerabilidades en la plataforma contratada para evaluar a miles de jóvenes.
El problema no fue únicamente tecnológico. Fue una falla de planeación, supervisión y gestión. Durante días, la incertidumbre se apoderó de miles de aspirantes que sí estudiaron, sí respetaron las reglas y terminaron pagando el costo de decisiones tomadas desde los escritorios universitarios. Cuando una institución pierde el control de su examen de admisión, también pone en riesgo la confianza en el mérito y en la igualdad de oportunidades.
La respuesta institucional llegó por etapas: primero las dudas, después las investigaciones, más tarde el anuncio de un examen presencial de control para los casos con resultados atípicos y, finalmente, la destitución de la segunda funcionaria más importante de la Universidad. Pero una remoción no resuelve por sí sola el problema.
La UNAM tiene la obligación de responder preguntas que siguen abiertas: ¿quién autorizó el modelo remoto?, ¿qué criterios se utilizaron para contratar la plataforma?, ¿existían evaluaciones de riesgo?, ¿habrá responsabilidades administrativas o legales para quienes diseñaron y supervisaron el proceso?
La credibilidad de la "Máxima Casa de Estudios" no se recuperará con un cambio de nombres, sino con transparencia absoluta. La excelencia académica no puede sostenerse sobre explicaciones ambiguas ni sobre decisiones tardías.
La UNAM ha formado generaciones de profesionistas y ha sido un referente nacional de conocimiento. Precisamente por eso está obligada a ser ejemplo de rendición de cuentas. Porque cuando se rompe la confianza en el examen de ingreso, no solo se afecta a miles de aspirantes; también se pone a prueba el prestigio de una institución que durante más de un siglo ha representado el ideal del mérito y la educación pública.

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