La CNTE consigue reunión con Sheinbaum y exige cumplimiento, no promesas

El 31 de julio de 2026, durante su gira por Oaxaca, la presidenta Claudia Sheinbaum no pudo eludir el reclamo de la Sección XXII de la CNTE. Frente a ella, la Secretaria General del magisterio, Yenny Pérez Martínez, denunció que los acuerdos firmados con la Secretaría de Educación Pública y otras autoridades permanecen incumplidos. La respuesta presidencial fue fijar una reunión para el 13 de agosto en Palacio Nacional. El gesto abre una nueva mesa de diálogo, pero también exhibe un problema mucho más profundo: en México, las minutas se firman con facilidad, pero cumplirlas parece opcional.

Cada acuerdo incumplido erosiona la confianza en las instituciones. Si el propio gobierno federal suscribe compromisos y después los posterga o ignora, envía un mensaje peligroso: la palabra oficial tiene fecha de caducidad. Gobernar no consiste en multiplicar reuniones ni en administrar conflictos; consiste en honrar los compromisos adquiridos.

Resulta paradójico que un gobierno que llegó al poder prometiendo transformar la relación con los movimientos sociales, termine enfrentando las mismas acusaciones que dirigía contra sus antecesores: dilación, burocracia y promesas pendientes. La diferencia entre un gobierno de transformación y uno tradicional no se mide por el discurso, sino por la capacidad de convertir la firma de una minuta en una realidad tangible.

La reunión del 13 de agosto será una prueba política para Claudia Sheinbaum. Si de ese encuentro surgen soluciones concretas, el diálogo habrá demostrado su utilidad. Pero si todo concluye con nuevas promesas, más mesas de trabajo y otro paquete de compromisos sin ejecutar, quedará claro que el problema no era la falta de comunicación, sino la ausencia de voluntad para cumplir.

La CNTE tiene derecho a exigir que los acuerdos se respeten, así como cualquier ciudadano tiene derecho a exigir que el Estado honre su palabra. Un gobierno que incumple lo que firma debilita su autoridad moral y alimenta la desconfianza social.

Porque las transformaciones no se sostienen con conferencias, fotografías o discursos. Se sostienen con hechos. Y cuando las minutas terminan archivadas mientras los problemas permanecen intactos, la política deja de ser una herramienta de solución para convertirse en una fábrica de expectativas incumplidas.



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