La guelaguetza no pudo silenciar el grito de justicia por Alejandro Leyva

La Guelaguetza es el mayor escaparate cultural de Oaxaca. Es la fiesta con la que el gobierno presume al mundo la riqueza de sus pueblos, su diversidad y su identidad. Pero el 25 de julio de 2026, el "Desfile de las Delegaciones" dejó una imagen imposible de ignorar: familiares, amigos y colegas del periodista Francisco Alejandro Leyva Aguilar, irrumpieron con pancartas y consignas para exigir justicia por su asesinato, cometido apenas tres días antes, el 22 de julio, en San Pablo Etla.

No fue una protesta contra la cultura; fue una protesta contra la impunidad. Porque no existe tradición capaz de esconder la violencia cuando un periodista es ejecutado y las respuestas del Estado siguen siendo insuficientes. Mientras las bandas sonaban y los contingentes avanzaban entre aplausos, otra realidad recorría las calles: la de una familia destrozada y una sociedad que exige conocer la verdad.

La manifestación envió un mensaje que ningún discurso oficial puede borrar: Oaxaca no puede aspirar a ser un referente cultural mientras sus periodistas siguen siendo blanco de la violencia. La libertad de expresión no se protege con homenajes ni con comunicados; se protege garantizando que quien ordena, ejecuta o encubre un crimen enfrente la justicia.

El asesinato de Alejandro Leyva no sólo arrebató la vida de un comunicador crítico. También lanzó un mensaje de intimidación a quienes investigan, denuncian y cuestionan al poder. Cada crimen sin resolver fortalece la censura por miedo y debilita el derecho de la sociedad a estar informada. La impunidad termina convirtiéndose en el mejor aliado de quienes buscan silenciar las voces incómodas.

La frase pronunciada durante la protesta resume el sentimiento de miles de oaxaqueños: "Oaxaca es cultura, no es balas." Sin embargo, esa aspiración seguirá siendo una deuda mientras la violencia continúe arrebatando vidas y las investigaciones no produzcan resultados claros, transparentes y creíbles.

La Guelaguetza volverá el próximo año. Habrá música, danzas y color. Pero si el asesinato de Alejandro Leyva permanece impune, también volverá la misma pregunta que hoy incomoda al poder: ¿de qué sirve presumir la grandeza de Oaxaca si el Estado no puede garantizar justicia para quienes ejercen el periodismo?

Porque ningún desfile, por espectacular que sea, puede hacer que un pueblo olvide cuando la justicia sigue ausente. El verdadero prestigio de Oaxaca no se defenderá con ceremonias ni campañas de promoción, sino demostrando que la ley está por encima del miedo, de los intereses políticos y de la impunidad. Sólo entonces la fiesta dejará de convivir con el luto.



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