La renuncia de Patricia Dávila no cierra la crisis: la UNAM le debe la verdad a México

El 31 de julio de 2026, la UNAM anunció la renuncia de Patricia Dolores Dávila Aranda a la Secretaría General, cargo que ocupaba desde el 21 de noviembre de 2023. 

Horas después, el rector Leonardo Lomelí Vanegas designó a Javier de la Fuente Hernández como su sustituto. Oficialmente se trató de un relevo institucional. En los hechos, fue la primera gran consecuencia de una crisis que sacudió el prestigio de la máxima casa de estudios.

La salida ocurre después del escándalo provocado por el examen de admisión en línea de 2026: denuncias de posibles filtraciones, uso de inteligencia artificial, suplantación de identidad, anomalías en los puntajes y un sistema de seguridad que terminó siendo incapaz de disipar las dudas.

La respuesta de la Universidad fue tan reveladora como preocupante: suspender inscripciones y ordenar un examen de control presencial para los aspirantes con resultados extraordinarios. Si fue necesario repetir la evaluación para confirmar quién realmente obtuvo esos puntajes, entonces el proceso original fracasó.

La UNAM no puede reducir esta crisis a un cambio de funcionarios. La Secretaría General coordina áreas estratégicas, entre ellas la administración escolar. Su relevo envía un mensaje claro: hubo errores de enorme magnitud. Sin embargo, cambiar a una persona no sustituye la obligación de explicar qué ocurrió, quién tomó las decisiones, qué empresa fue contratada, cuáles fueron los protocolos de seguridad y por qué fallaron.

La Universidad que durante décadas ha defendido el rigor científico, el mérito académico y la excelencia no puede pedir un acto de fe cuando lo que corresponde es rendición de cuentas. Su prestigio no se sostiene con comunicados, sino con transparencia.

La UNAM recibe uno de los presupuestos públicos más altos del país precisamente porque la sociedad confía en ella. Esa confianza exige mucho más que discursos sobre autonomía y excelencia; exige asumir responsabilidades cuando las cosas salen mal. Porque la autonomía nunca ha significado impunidad administrativa.

La renuncia de Patricia Dávila marca el inicio, no el final, de esta historia. El verdadero examen que enfrenta hoy la UNAM ya no es el de miles de aspirantes, sino el de su propia credibilidad. Y ese no se aprueba con relevos administrativos, sino con verdad, transparencia y justicia para todos los jóvenes que confiaron su futuro a una institución que no podía permitirse fallar.



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