Miles de millones para la UNAM, pero sin certeza para los aspirantes

En 2026, la UNAM recibió 53.7 mil millones de pesos del Presupuesto de Egresos de la Federación, la mayor asignación entre todas las universidades públicas del país. Ese dato, lejos de ser un motivo de cuestionamiento por sí mismo, implica una enorme responsabilidad. Quien recibe más recursos públicos también debe ofrecer los más altos estándares de transparencia, eficiencia y rendición de cuentas.

La crisis provocada por las irregularidades en el examen de admisión en línea, demostró que el problema no era únicamente tecnológico, sino de planeación institucional. Miles de aspirantes vieron sembradas dudas sobre la confiabilidad de un proceso que debía garantizar igualdad de oportunidades. La decisión posterior de aplicar un examen presencial de control fue un reconocimiento implícito de que el sistema original no brindó la certeza necesaria.

La pregunta es inevitable: ¿cómo una institución con un presupuesto de esta magnitud terminó dependiendo de una plataforma externa que fue incapaz de generar confianza? Con esos recursos, la UNAM tenía capacidad para desarrollar un software propio con protocolos de ciberseguridad, auditorías independientes y supervisión permanente. También podía optar desde el principio por un examen presencial blindado, evitando exponer el proceso a riesgos previsibles.

El debate no consiste en exigir recortes a la educación pública. Al contrario: la UNAM merece un presupuesto sólido porque forma profesionales, produce investigación científica y representa uno de los principales pilares del conocimiento en México. Pero precisamente por ello no puede normalizar errores que afectan la credibilidad de su principal mecanismo de ingreso.

La confianza pública no se compra con miles de millones de pesos; se construye con decisiones responsables. Si la universidad que más recursos recibe en el país no puede garantizar un proceso de admisión transparente, seguro y equitativo, entonces el problema ya no es de presupuesto, sino de gestión, supervisión y rendición de cuentas.

La autonomía universitaria jamás debe convertirse en sinónimo de opacidad. La excelencia académica también se demuestra aceptando responsabilidades, corrigiendo errores y explicando con absoluta claridad cómo se administran los recursos que la sociedad mexicana aporta año con año.



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