Ni Morena ni Salinas tienen derecho a usar a los migrantes

La confrontación del 21 de julio de 2026 entre la presidenta Claudia Sheinbaum y el empresario Ricardo Salinas Pliego, dejó al descubierto algo más preocupante que un intercambio de insultos: la facilidad con la que la clase política y sus adversarios convierten a los migrantes mexicanos en instrumentos de una guerra de poder.

Todo comenzó cuando Salinas Pliego respaldó una publicación que pedía al ICE detener a mexicanos que acudieron a recibir a la presidenta en Nueva York tras la final del Mundial 2026. Sheinbaum reaccionó con dureza y exigió una disculpa, afirmando que no permitirá que se denigre a los migrantes para atacarla políticamente. En ese punto tiene razón: utilizar la amenaza de la deportación como arma de confrontación es moralmente inaceptable. Ningún mexicano, independientemente de sus simpatías políticas, debería ser señalado ante las autoridades migratorias de otro país por expresar apoyo o rechazo a un gobernante.

Pero la respuesta del empresario tampoco elevó el nivel del debate. En lugar de explicar por qué respaldó aquella publicación, respondió llamando a la presidenta "inepta, corrupta y mentirosa", mientras la acusaba de despilfarro, censura y de mantener presos políticos. El resultado fue el mismo de siempre: mucho ruido, descalificaciones personales y ninguna discusión seria sobre los millones de mexicanos que viven bajo el temor permanente de una redada migratoria.

Sin embargo, el gobierno tampoco puede apropiarse del discurso de defensa de los migrantes únicamente cuando el ataque toca a la presidenta. La protección de los mexicanos en el exterior debe ser una política permanente, no un argumento de coyuntura. Si el respeto a los connacionales es un principio, debe aplicarse todos los días y para todos, no solo cuando el agravio alcanza al poder.

Este episodio demuestra hasta dónde ha llegado la polarización nacional. En México ya no basta con debatir ideas: ahora se busca desacreditar al adversario utilizando incluso la vulnerabilidad de quienes abandonaron el país para buscar una vida mejor. Esa es la verdadera derrota. Porque cuando los migrantes dejan de ser personas y se convierten en munición política, pierde la democracia, pierde el debate público y, sobre todo, pierde México.



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