Noé Jara Cruz y el poder familiar que marca la ruta de Morena

El 24 de julio de 2026, Noé Jara Cruz, hermano del gobernador de Oaxaca, Salomón Jara Cruz, hizo algo más que fijar postura sobre la sucesión en la presidencia municipal de Oaxaca de Juárez: exhibió la forma en que se disputa el poder al interior de Morena.

Durante un convivio con simpatizantes, llamó a cerrar el paso a las aspiraciones de las diputadas Haydeé Irma Reyes Soto y Liz Arroyo Rodríguez, así como del senador Alfonso Silva Romo, bajo el argumento de que su grupo no permitirá un "dedazo". Sin embargo, la frase que marcó el episodio fue otra: "No por ser mujeres les vamos a abrir todas las puertas...", seguida de un revelador: "No me vayan a acusar de violencia de género".

Si la intención era defender la democracia interna, el mensaje terminó proyectando lo contrario. Morena ha hecho de la paridad de género y de los derechos políticos de las mujeres una de sus principales banderas. Pero cuando un personaje con influencia dentro del grupo gobernante dirige un mensaje diferenciado hacia aspirantes mujeres, la congruencia del discurso queda inevitablemente bajo escrutinio.

Nadie puede exigir candidaturas por el solo hecho de ser mujer. La capacidad, el trabajo territorial y los resultados deben ser el parámetro para todos. Pero tampoco resulta aceptable que el género se convierta en el eje de un discurso para desacreditar o desalentar aspiraciones políticas. La ley protege el derecho de las mujeres a participar en la vida pública libres de violencia política en razón de género, y corresponde a las autoridades determinar si expresiones como estas rebasan ese límite.

El episodio también deja otra lectura: en Morena Oaxaca la lucha por las candidaturas parece librarse entre grupos de poder antes que en procesos abiertos a la militancia. Mientras se denuncia el "dedazo", también se anuncian vetos; mientras se habla de democracia interna, las decisiones parecen depender de quién tiene mayor capacidad de presión.

La mayor contradicción no está en una frase, sino en el mensaje político que deja. Un movimiento que llegó al poder prometiendo transformar la vieja forma de hacer política no puede permitir que las disputas internas reproduzcan prácticas de exclusión, confrontación y control. Porque cuando el poder se ejerce para decidir quién puede competir y quién debe hacerse a un lado, la transformación deja de ser una promesa y comienza a parecerse demasiado al pasado que Morena juró combatir.



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