Salomón Jara: el nepotismo no termina cuando cambian los apellidos

Cuando un gobierno presume haber combatido el nepotismo porque retiró a algunos de sus propios familiares de la nómina, pero mantiene una estructura donde hermanos de secretarios, familiares de diputados y personas con vínculos políticos siguen ocupando cargos públicos, lo que cambia no es el sistema: solo cambian los apellidos visibles.

En Oaxaca, la administración de Salomón Jara Cruz, de Morena, intentó enviar un mensaje de rectificación al separar de cargos públicos y partidistas a algunos de sus familiares. La decisión llegó en 2026, cuando el combate al nepotismo se convirtió en una de las principales banderas del discurso oficial de Morena. Sin embargo, la pregunta inevitable permanece: ¿de qué sirve retirar a unos cuantos si la red de parentescos dentro del gobierno continúa intacta?

El problema del nepotismo nunca ha sido exclusivamente legal; es, sobre todo, ético y político. Aunque un nombramiento cumpla formalmente con los requisitos de ley, la ciudadanía tiene derecho a cuestionar si el acceso al servicio público responde al mérito o a los lazos familiares. Cuando los espacios gubernamentales terminan concentrándose en círculos cercanos al poder, la confianza en las instituciones se erosiona y el discurso de igualdad se convierte en propaganda.

La contradicción resulta evidente. Morena impulsó reformas para combatir el nepotismo y prometió acabar con los privilegios de las élites políticas. Sin embargo, en Oaxaca persisten señalamientos sobre familiares de funcionarios y legisladores que continúan ocupando posiciones estratégicas dentro de la administración estatal. La austeridad y la transformación pierden credibilidad cuando el poder sigue circulando entre las mismas familias políticas.

La verdadera transformación no consiste en sacrificar algunos nombres para contener el costo mediático de las críticas. Consiste en romper definitivamente con la cultura del favoritismo, transparentar todos los nombramientos y garantizar que el mérito, la capacidad y la experiencia sean los únicos criterios para ingresar al servicio público.

Mientras eso no ocurra, el mensaje que recibe la ciudadanía es devastador: el nepotismo no desapareció; simplemente aprendió a cambiar de rostro. Porque cuando el parentesco continúa siendo una llave para acceder al poder, el problema ya no es un apellido en particular, sino un sistema que sigue privilegiando la cercanía política por encima del interés público.



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