"Morena decía que todo cambiaría": el reclamo de la CNTE por las promesas incumplidas de Sheinbaum
El 1 de agosto de 2026, durante su gira por Huajuapan de León, Oaxaca, la presidenta Claudia Sheinbaum volvió a encontrarse con una realidad que ningún discurso oficial puede ocultar. Por segundo día consecutivo, integrantes de la Sección XXII de la CNTE interrumpieron su recorrido para recordarle una promesa que Morena convirtió en bandera política y que, ocho años después de llegar al poder, sigue sin cumplir: la abrogación de la Ley del ISSSTE de 2007.
Las consignas fueron demoledoras: "Morena decía que todo cambiaría, mentira, mentira, la misma porquería", "Claudia, mentiste con la reforma a la Ley del ISSSTE" y "Gobierne quien gobierne, los derechos se defienden". No fueron insultos aislados, sino el resumen de un desencanto que crece entre quienes alguna vez creyeron que la llamada Cuarta Transformación pondría fin a las políticas neoliberales que tanto criticó desde la oposición.
La escena resulta políticamente devastadora. El partido que prometió acabar con las reformas consideradas lesivas, hoy enfrenta el reclamo de quienes fueron uno de sus principales aliados. La CNTE no exige privilegios; exige que se cumpla una palabra empeñada. La diferencia entre un compromiso y una traición suele medirse por los hechos, no por los discursos.
El gobierno insiste en privilegiar el diálogo y anunció una reunión con la dirigencia magisterial para el 13 de agosto. Sin embargo, cuando las protestas se repiten un día tras otro durante una gira presidencial, queda claro que el problema ya no es la falta de mesas de negociación, sino la falta de resultados.
La contradicción es evidente. Morena construyó buena parte de su legitimidad denunciando las reformas del pasado y prometiendo revertirlas. Hoy, desde el poder, argumenta limitaciones presupuestales, técnicas o jurídicas para no cumplir aquello que ofreció con absoluta certeza cuando buscaba el voto ciudadano.
Las consignas escuchadas en Oaxaca trascienden el conflicto magisterial. Son un recordatorio de que la paciencia social tiene límites y de que ninguna fuerza política puede sostener indefinidamente su credibilidad únicamente con el peso de sus promesas. Porque cuando quienes antes aplaudían hoy gritan "mentiras", el desgaste deja de ser un problema de comunicación y se convierte en una crisis de confianza. Y esa, tarde o temprano, termina pasando la factura en las calles y en las urnas.

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