Sheinbaum rescata a Alejandro Murat del abucheo de las bases de Morena
El 1 de agosto de 2026, el acto del programa "Vivienda para el Bienestar" en Heroica Ciudad de Huajuapan de León, Oaxaca, dejó una de las imágenes políticas más reveladoras del sexenio de Claudia Sheinbaum. No fue el anuncio de viviendas ni el discurso presidencial lo que marcó la jornada, sino el estruendoso rechazo de la militancia morenista al senador Alejandro Murat Hinojosa, exgobernador priista de Oaxaca.
Los gritos de "¡Fuera, fuera!" y "¡Chapulín!" rompieron el protocolo apenas fue presentado. La respuesta de las bases no fue casual. Murat Hinojosa representa para muchos el viejo régimen que Morena prometió desterrar. Su incorporación al partido nunca fue plenamente aceptada por una militancia que aún recuerda las acusaciones de corrupción, el endeudamiento y las presuntas irregularidades de su administración, investigaciones que el propio gobierno de Salomón Jara Cruz ha dicho mantener abiertas.
Entonces ocurrió lo políticamente significativo. Claudia Sheinbaum tomó el micrófono para silenciar los abucheos. "Les puedo decir tres cosas buenas, aunque no les guste", dijo antes de defender a Alejandro Murat por haber votado a favor de la Reforma al Poder Judicial, por su trabajo en la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado y por sus gestiones en favor de los migrantes mexicanos en Estados Unidos.
Ese momento reveló una verdad incómoda: para la dirigencia nacional, la lealtad legislativa parece tener más peso que el pasado político. La utilidad terminó imponiéndose sobre la congruencia.
La contradicción es evidente. Mientras desde Oaxaca se habla de investigar las presuntas irregularidades del gobierno de Murat, desde Palacio Nacional se le ofrece respaldo político. El mensaje es ambiguo: ¿se combate al viejo régimen o se le incorpora cuando garantiza votos y estabilidad?
No pasó desapercibido otro detalle. Muchos de los políticos que hoy levantan las banderas de Morena acompañaron o colaboraron con el gobierno de Alejandro Murat Hinojosa. Algunos guardaron silencio; otros evitaron cualquier gesto de cercanía. La escena justificó el título con el que varios medios resumieron la jornada: "De los aplausos a la amnesia".
Huajuapan no exhibió una crisis de disciplina, sino una crisis de identidad. Las bases recordaron lo que la dirigencia intenta dejar atrás. Porque el poder puede negociar alianzas, repartir candidaturas y construir mayorías, pero hay algo que no puede decretar desde un templete: el olvido.
Y cuando un movimiento necesita pedirle a su propia militancia que aplauda a quienes antes señalaba como símbolo del pasado, el problema ya no está en la oposición. Está en la coherencia de su propia transformación.

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